De lo espiritual en el arte
SÁNCHEZ LUNA - Pinturas y Obra Gráfica
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- De lo espiritual en el arte
La armonía de los colores debe basarse únicamente
Ultimamente vienen sucediéndose una serie de artículos en la prensa de carácter crítico que defienden y consolidan la ya vieja tesis de que la pintura ha muerto y está siendo sustituida por otros medios de expresión artística basados en las nuevas tecnologías.
Estas nuevas formas de expresión, que abarcan desde las instalaciones a la creación por ordenador, se presuponen más acordes con nuestro tiempo, o al menos con la mediatización que sufre nuestra sociedad.
Se sostiene una teoría según la cual el abanico de posibilidades expresivas de la pintura ha llegado al final de su recorrido, situando su último escalón dentro del panorama peninsular en la década de los 80, heredera de aquella ya famosa Documenta de Kassel. Década que fue prolífica tanto en cantidad como en calidad de grandes pintores; no hay más que recordar a los Campano, Broto, Sicilia, Grau, Delgado... de cuya obra todos hemos podido disfrutar recientemente.
Muestra de ello han sido las magnificas exposiciones que sobre la pintura española de la década de los 70 a los 90 han realizado tanto el MACBA como la Fundación CajaMadrid a nivel nacional, o la Fundación Argentaria en Alicante, en los últimos dos años.
Frente a la opinión de ciertos críticos, me parece que no existe realmente un vacío generacional tras estas manifestaciones y si un vacío en el apoyo que las instituciones prestan a la nueva hornada de pintores jóvenes.
Una meritoria excepción es la del Ayuntamiento de Villena que nos muestra ahora la obra de unos de estos pintores de la nueva generación como es Alfonso Sánchez Luna.
Alfonso se sitúa dentro de esa dualidad que supone ser al mismo tiempo pintor y profesor. En él al igual que en Kandinsky nos encontramos ante una persona preocupada por el componente teórico y la docencia de las artes plásticas así como a un artista comprometido y con gran talento expresivo. Prueba de esta labor docente son los numerosos artistas que se han formado con él en los diferentes cursos que ha impartido en diversas instituciones. En Alfonso tenemos al magnífico Cicerone con el que deambular por las salas de cualquier museo, como yo pude hacerlo últimamente en ARCO 99, y disfrutar de su visión siempre esclarecedora, de su juicio crítico y constructivo que nunca deja de enseñarnos.
Pero hay otro Alfonso, íntimo y creativo que pocos conocen y que se manifiesta en sus numerosos grabados y temples.
La obra de Sánchez Luna nos revela un elevado grado de sensibilidad, de tratamiento de la superficie pictórica, de color y de vitalidad. Defensor de una pintura-pintura, de carácter gestual y rítmico. De una pintura que nos arroja al estallido controlado del color, trazo a trazo, superponiendo veladamente cada uno de sus gestos, delimitando formas, masas y volúmenes, que se nos antojan orgánicas, como si necesitase de la pulsión de unos músculos que se abrazan y gravitan sobre el lienzo.
Alfonso mide el peso de los colores, lo analiza, pero no como lo harían los discípulos de Mondrian, sino como aquellos que practican y defienden una pintura lírica y abstracta. Basta recordar cómo esa práctica fue llevada de la
mano de pintores desde Pollock a Newman, de Guerrero a Motherwell, de los que ambos somos admiradores.
Esta muestra del oficio de pintor, esta nobleza y transparencia en el trabajo me lleva a afirmar que mientras existan personas como Sánchez Luna la pintura renacerá siempre.
CHRISTIAN FRANCO